
Hola, gente. Gente del mundo. Seré breve.
Es la mañana del miércoles 5 de octubre, aunque admito que esto lo he escrito (y programado, y con esto se va toda la magia) la noche anterior a las nueve y treinta y siete. Es, entonces, 4 de octubre, todavía hace un calor de la muerte en Vizcaya, donde pocas veces hace calor, y os anuncio mi salida de SGH de manera definitiva. En plan off topic, informal. Y es que si bien es cierto que a estas alturas esto os importará poco –diréis y este quién es, por lo descuidado que yo, el Treps redactor, he estado los últimos meses,– pongo fin a cinco años de andadura como responsable de esta bitácora, que en julio cumplió un lustro y ni me di cuenta. Ahí una de las razones que me impulsan a coger el bote y dejar a los violinistas tocando, a Celine narrando, a los compadres Mauro y Matías charlando y cantando coplas y a Houses, el gran y divino Houses, como nuevo Jefe de Cirugía. El mejor recambio posible, porque es capaz de amar incondicionalmente, cosa de la que poca gente es capaz. Como digo; mi mujer no tiene Alzheimer (preferiría que me atropellase un autobús), pero mi vida está en una frágil tela de araña y debo, quiero y necesito seguir adelante y explorar nuevas cosas, cosas nuevas. Llevar las riendas de esto ocupa tiempo, ni lo dudéis, pero al final es lo que menos importaba. La importante falta de motivación que he sentido esta última temporada me ha servido para enfocarla y volcarla en un torrente increíblemente potente que ha encauzado nuevos proyectos personales, estimulantes y geniales, que –visto lo visto– me están encantado. La ostia.
Así que digo adiós, aquí, ahora, con una imagen de una de las escenas fundamentales de la serie, aquella panda de internos de primer día viendo cómo George fallaba en su primera imprecisión de gloria, disfrutando del error ajeno, inconscientes de lo que a ellos –en la imagen, Meredith e Izzie– les esperaba. Joder, lo que les esperaba. El futuro, que ahora es presente. Por eso me tengo que ir, que no morirme o autocombustionarme, así que si queréis seguirme la pista, de cara a Internet, podéis encontrarme en Twitter o colaborando ocasionalmente en la genuina Todoseries. El resto, por el mundo.
No existiría despedida si no hubiese existido blog, y en vosotros recae esa genial responsabilidad (y casualidad). Los lectores que habéis venido y os habéis ido, sois y seréis el motor eterno de este pequeño wordpress en un mundo de tiburones. Seguid así de entusiastas, así de críticos y así de enamorados de Anatomía de Grey y Private Practice. Por muy ñoño que suene, es verdad: sois SGH. Nimen shi SGH. Ni más ni menos, y nadie más. Mi mayor agradecimiento, tambíen, a mis compañeros (de hoy y de antes). A los mencionados, grandes como montañas, y a los ausentes Infocorp, Natu y CLmaster, que siguen siendo energía.
Me gusta ser ambiguo, pero hoy me mojo: sois todos geniales. Y os voy a echar de menos. Echaré de menos esto.



Después de “Free Falling” y “She’s Gone,” el doblete que nos presenta una etapa completamente distinta en el ir y devenir del Seattle Grace, a partir de la semana siguiente la octava empieza a fluir con naturalidad y con estos tres episodios, de los que –como veis– ya comenzamos a saber, aunque no todo nos pille por sorpresa: Webber dimite y Owen toma el puesto, ahora sin golpe de estado, de Jefe de Cirugía, y Ben vuelve sólo para encontrarse con que Daniel Sunjata es más alto y más apuesto que él y que tiene a la chica. Eso, y que parece que Sloan sigue con la astilla clavada en el pecho.





