“Losing my Mind” según su guionista (I)

Continuamos con la nueva sección semanal (aunque ya no dure casi nada) en la que los guionistas de los capítulos cuentan sus impresiones del mismo. Esta semana le ha tocado a Debora Cahn, que ha escrito otra maravilla de capítulo. Si “Losing my Mind” no os ha gustado, es porque no lo habéis visto.
Lo dicho, aquí tenéis la primera parte, en la que Cahn cuenta más que nada anécdotas, pero eso no le quita de interesante, porque lo es un rato. En cuanto pueda, la otra parte.
¿Por que no estáis locos? Es una pregunta que se plantea en la reflexión del final del capítulo, pero en ese punto estáis (con un poco de suerte) tan destrozados por el hecho de que Andre haya aparecido y esta pobre mujer esté en coma y que nunca más se vaya a despertar, que él era el amor de su vida y ella una persona que nunca creyó que conseguiría el amor, y entonces sucede y estaban felices en un barco, pero tuvo un tumor cerebral, una buena manera para fastidiar un crucero a cualquiera, pero él se quedó junto a ella, se quedó, porque le quería, y volvió a casa de su elegante viaje de negocios a Singapur pronto para estar con ella en el hospital, pero ya era un poco tarde. Porque cuando él aparece, ella está en un persistente estado vegetativo. -– ESTÁS DESTROZADO, así que no sabes lo que se dice en la reflexión, “No te preguntes porque la gente se vuelve loca. Pregúntate porque no lo hacen. Frente a todo lo que podemos perder en un día, en un instante, pregúntate que cojones es lo que nos hace mantenernos unidos.”
¿Por qué no estáis locos?
Pensaba que lo pasaba muy mal en el instituto. Pensaba que todo lo que me pasaba en mi mundo era muy salvaje. Había padres, divorciados, y mi padre se había mudado a un apartamento cercano a un cementerio, y era el DRAMA DE INSTITUTO y no me podía creer que me las estaba apañando. Sobreviviendo de un día a otro. Sin saberlo, lo hice. Y entonces… no sé, leí un artículo, o un libro o algo, saqué mi mente de mi cabezota de 16 años, y me di cuenta de que mi drama era una pequeñez y una cosa patética comparada como con todo en el Universo, lo que momentáneamente me hizo sentir mejor, y después me abrumó el total volumen de la demencia del Universo. Solía imaginar estos grandes bocadillos de comic alrededor de las cabezas de la gente que contenían sus historias. Las historias de sus vidas. Y eran tan grandes, que no había suficiente espacio para todos ellos en el horizonte animado de mi mente. Especialmente en Nueva York, donde todo el mundo estaba amontonado encima de todos –-los bocadillos con las historias encima de las cabezas de la gente no podían estar en la atmósfera de Manhattan. Pienso en ello y mi pecho se estrecha, me preocupa que las historias se traguen todo el oxígeno y que acabemos todos asfixiados.
Drama de instituto.











